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16/Dic/2007
  Comentarios
Breves pero sustanciosos
Héctor González
¿Poemas en prosa?, ¿minificciones? ¿Dónde ubicar las líneas de Amélie Olaiz (ciudad de México)? Quizás eso sea lo de menos y lo más recomendable sea dejarse llevar por una serie de pasajes donde la realidad convive con la fantasía. “Han salido manchas que parecen letras en las hojas. Mi abuela, experta en cosas de otro mundo, dice que son ánimas atrapadas en la vanidad de las palabras. Asegura que debo tener precaución porque suelen poseer a quien las contempla demasiado”, cuenta en Espejo de vanidad, relato que abre el libro y refleja no sólo un amor hacia el lenguaje sino también la superstición de una autora que reconoce el poder de la palabra escrita. Estudiosa de la filosofía budista, Amélie Olaiz alterna la evocación con una profunda reflexión sobre el ser. Leemos en La dueña: “Doña Amelia era la mujer más poderosa del pueblo. No era propietaria de ninguna casa, no tenía terrenos ni animales ni dinero. Era simplemente dueña y señora de sus emociones”. Para la cultura oriental la plenitud se alcanza con el desprendimiento de todo lo que nos sobra, en especial de lo material; sólo así el espíritu alcanza su emancipación. Si bien hay una inclinación hacia la comprensión de la condición femenina, sus textos consiguen librar con fortuna la frontera de la literatura de género. En Jaque a la reina, narra: “El rey, perturbado por sus batallas internas cometía errores de juicio. Su reina, desconcertada, se volvió para mirarlo con infinito amor; después salió del tablero”.

Ejercicios de brevedad y destreza literaria. Cada una de las piedras de esta Luna tiene un sentido en la construcción del todo. Olaiz nos lleva de un estado a otro, pero nunca sin dejar de cuestionar y siempre manteniendo un misterio que consigue abrir cada texto a un abanico de interpretaciones. Un último y feroz ejemplo: “Lo arrinconó contra la pared y le puso las manos sobre las alas.

—Mira, cabrón, yo te quise mucho, pero si no entiendes que ya crecí, el pedo es tuyo. Mi novio me toca las tetas y las nalgas, y si quiero fornicar fornico, así que búscate empleo de ángel de la guarda en otro lado”.

Revelarse de los ángeles es revelarse a ataduras y prejuicios. La cita ejemplifica la necesidad de una libertad. Una vez más la influencia del pensamiento budista, posible únicamente en el acto de no cargar con cosas que nos empequeñecen. Vuelvo a las preguntas del principio: ¿poemas?, ¿relatos? No sabría qué decir. Me inclino por resumir que se trata de un cúmulo de piedrecillas esculpidas por una escritura tan ambiciosa como concreta, tan interesante como retadora.

hcgonzalez@revistavertigo.com


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