Hace una semana dediqué este espacio a la antología Grandes hits, de Tryno Maldonado. En el recuento presentado por Almadía no figura Jaime Mesa (Puebla, 1977), quien recientemente publicó en Laberinto un ensayo sobre la generación de los nacidos en los setenta y donde argumenta que él junto con sus contemporáneos aún no han escrito una obra maestra por la que merezcan ser recordados, pese a lo cual él mismo se incluye en su propia lista de narradores a seguir.
De alguna manera tiene razón: la suya es una generación que aún busca un referente, como en su momento lo fueron La región más transparente de Carlos Fuentes, publicada cuando el autor rondaba los treinta años, o las novelas de José Agustín, editadas cuando el escritor de La tumba atravesaba vertiginosamente los veinte.
No obstante, esto tampoco demerita los ejercicios de los narradores setenteros, incluido el propio Mesa, portador de una de las apuestas más osadas y por lo tanto ambiciosas. Su ópera prima versa sobre Leopoldo Rollins, mejor conocido como Foster (debido a su devoción por la cerveza homónima). Inmerso en la dinámica virtual, la vida del protagonista se despliega como si fuera el monitor de una computadora. Cada nueva ventana es una aventura, cada amorío es una especie de chat que bien puede continuar, eliminar o, en el peor de los casos, cerrar definitivamente y borrar el contacto.
Devoto del ligue cibernético y coleccionista de relaciones de todo tipo, Foster se mueve por la insatisfacción. Apenas conoce a una mujer, siente que ella es el amor de su vida, aunque al poco tiempo termine por hacerla a un lado. Así, paulatinamente se recluye en una atmósfera que lo encierra en una burbuja que a fuerza de tanta presión se reventará violentamente. Preso de una constante sensación de fuga, el personaje va de un sitio de internet a otro, de una mujer a otra, y en un cambio más amplio se traslada de México a Chicago.
La pluma de Jaime Mesa se decanta por retomar canales narrativos clásicos, aunque sin llegar a una prosa lineal. El énfasis del autor poblano reposa en la complejidad sicológica de los personajes. De hecho, hay que poner atención en la relación de Foster con su madre. Hasta aquí la novela resulta interesante; lástima de algunos descuidos estilísticos (por ejemplo: "Le digo que ha dicho que Susana no quiere a un hombre") que rebajan la obra. Por lo demás, Mesa, que anteriormente había publicado relatos para distintos títulos de editorial Ficticia, llama la atención por la aproximación que realiza sobre la soledad y las relaciones contemporáneas.
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